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EN LA HORA DE LA REBELIÓN DE LAS SELVAS

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Artículo publicado en ElTiempo.com, el el 01 septiembre de 1996

*Myriam Jimeno, Ph.D en Antropología
Profesora Titular jubilada Universidad Nacional de Colombia

Primero fue Calamar, luego Miraflores, El Retorno, Orito, Mocoa, Santuario y las más recientes, Florencia y Belén de los Andaquíes. Unos cuantos nombres exóticos dispersos en la extensa franja amazónica que se abre al pie de los Andes, puestos en evidencia para los sorprendidos colombianos por enardecidos pobladores.

La explicación reiterativa de voceros oficiales y medios de comunicación es bien simple: son los cocaleros, los agentes de guerrilla y narcotráfico.
Es fácil considerar las marchas campesinas del Guaviare, el Putumayo y el Caquetá como respuesta a manipulaciones de la guerrilla o la narcoguerrilla. Más difícil, pues surgen dudas e interrogantes, es preguntarse qué da lugar a tal poder, qué pone en marcha tales mareas humanas a lo largo de extensos territorios.
Vale la pena detenerse en las más socorridas afirmaciones, contrastadas casi exclusivamente por el dramatismo de las imágenes sobre los enfrentamientos.
Los movilizados son presentados como recién llegados a las selvas para trabajar en la coca, enojados por no poder seguir su lucrativo negocio, títeres de los grandes negociantes. Pero, es cierto que los marchistas son recién llegados? La mayor parte de la población de las tres regiones llegó a ellas entre 1950 y 1980, como oleadas de refugiados de la violencia, principalmente campesinos, y continuó con fugitivos de la pobreza rural y urbana de sus lugares de origen: Huila, Nariño y Boyacá y en menor proporción, Tolima, Cundinamarca y el viejo Caldas. Putumayo y Caquetá aumentaron su población vertiginosamente en esos daños, como se constata en las cifras demográficas.
La ocupación masiva del Guaviare es unos pocos años más tardía, pero previa también al auge de la coca.
Antes de la coca Cuando la coca se introdujo en las selvas a comienzos de los años ochenta, ya llevaban los colonos varios lustros quebrando monte y luchando por sacar cosechas de las tierras rojas y lavadas, por entre trochas intransitables.
Por supuesto, al arraigar el cultivo y quedar demostrado su incomparable provecho frente a todos los demás, llegaron miles de nuevos pobladores, no solo colonos, sino comerciantes, pobres urbanos y aventureros diversos, indeseables de la sociedad. Pero aún así, el grueso de la población actual son los campesinos, cultivadores hijos de cultivadores. Los años de ensayos con el maíz y el plátano, con la yuca y el arroz, solo les enseñaron que acabada la selva, la tierra es cada día más pobre, los créditos son escasos, los mercados están muy distantes y los agiotistas acosan. Por qué no ensayar entonces otra cosa? Por qué se lo impone la guerrilla, la narco guerrilla, o los narcos a secas? No, porque lo impone la supervivencia.
Cómo pueden la guerrilla o los narcos, apoderarse por fuerza o por engaño de las voluntades de centenares de miles de personas, pues hablamos de una nutrida población de las tres regiones? La guerrilla en efecto, entró pronto a la colonización amazónica. Algunos vinieron en marchas de refugiados en los cincuenta, caminando desde sitios tan lejanos como Villarica en el Tolima y ocuparon parte del Duda y el Guayabero custodiados por hombres en armas.
La mayoría, sin embargo, llegó después, cuando se vio la cara de fracaso de la colonización campesina promovida por el Incora y la Caja Agraria con créditos internacionales. Era evidente que allí había un filón de amargura y decepción explotable, con o sin coca. La coca, sin embargo, brindó una oportunidad imprevista para la guerrilla. En pocos años variaron desde oponerse a su cultivo hasta aceptarlo, pues todos, campesinos, comerciantes de abarrotes, dueños locales del comercio de coca, todos podían con la bonanza, pagar más a la guerrilla y financiar su expansión.
Rompiendo el cerco Cómo vino de repente a descubrirse que allí se cultivaba coca en miles de hectáreas y era necesario erradicarlas? Tampoco es cierto que no se supiera en todas partes de los cultivos y de su extensión, incluyendo a los más celosos defensores actuales de su erradicación por fumigación aérea, por lo menos desde mitad de los años ochenta.
Si todos sabían pero no importaba, es sin duda un cambio en la geopolítica la que pone sobre el tapete al cultivo. Son cambios en las prioridades políticas estadounidenses, y una coyuntura del gobierno nacional, acosado por la ilegitimidad y la sombra del narcotráfico, la que pone de blanco a los campesinos. No se trata de justificar la expansión de los cultivos de coca o de menospreciar el efecto corrosivo del narcotráfico sobre la estructura institucional y sobre la misma posibilidad de convivencia ciudadana.
Pero sí es preciso mirar las raíces de un malestar tan amplio, irreductible a la simpleza de los agentes oficiosos. Solo una tensión más perdurable y profunda explica la terca desesperación de las movilizaciones.
Es comprensible la preocupación de la Comisión Nacional de Televisión sobre el abuso de imágenes dolorosas, pero son esas imágenes dramáticas las que han roto el cerco militar y señalan la dimensión. Al impresionar la sociedad, al mostrar la aflicción humana han puesto en evidencia el sufrimiento campesino, para que como ocurrió en Bosnia, finalmente la sociedad lo trate como un problema social.
Mientras así no sea, los campesinos se obstinarán en rebelarse, y como en las rebeliones históricas, los campesinos caminan, caminan sin reparar en retenes, heridos ni muertos, con los ojos puestos en la esperanza difusa de sobrevivir.

En la hora de la rebelión de las selvas.*

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Primero fue Calamar, luego Miraflores, El Retorno, Orito, Mocoa, Santuario y las más recientes, Florencia y Belén de los Andaquíes. Unos cuantos nombres exóticos dispersos en la extensa franja amazónica que se abre al pie de los Andes, puestos en evidencia para los sorprendidos colombianos por enardecidos pobladores.


La explicación reiterativa de voceros oficiales y medios de comunicación es bien simple: son los cocaleros, los agentes de guerrilla y narcotráfico.

Es fácil considerar las marchas campesinas del Guaviare, el Putumayo y el Caquetá como respuesta a manipulaciones de la guerrilla o la narcoguerrilla. Más difícil, pues surgen dudas e interrogantes, es preguntarse qué da lugar a tal poder, qué pone en marcha tales mareas humanas a lo largo de extensos territorios.

Vale la pena detenerse en las más socorridas afirmaciones, contrastadas casi exclusivamente por el dramatismo de las imágenes sobre los enfrentamientos.

Los movilizados son presentados como recién llegados a las selvas para trabajar en la coca, enojados por no poder seguir su lucrativo negocio, títeres de los grandes negociantes. Pero, es cierto que los marchistas son recién llegados? La mayor parte de la población de las tres regiones llegó a ellas entre 1950 y 1980, como oleadas de refugiados de la violencia, principalmente campesinos, y continuó con fugitivos de la pobreza rural y urbana de sus lugares de origen: Huila, Nariño y Boyacá y en menor proporción, Tolima, Cundinamarca y el viejo Caldas. Putumayo y Caquetá aumentaron su población vertiginosamente en esos daños, como se constata en las cifras demográficas.

La ocupación masiva del Guaviare es unos pocos años más tardía, pero previa también al auge de la coca.

Antes de la coca Cuando la coca se introdujo en las selvas a comienzos de los años ochenta, ya llevaban los colonos varios lustros quebrando monte y luchando por sacar cosechas de las tierras rojas y lavadas, por entre trochas intransitables.

Por supuesto, al arraigar el cultivo y quedar demostrado su incomparable provecho frente a todos los demás, llegaron miles de nuevos pobladores, no solo colonos, sino comerciantes, pobres urbanos y aventureros diversos, indeseables de la sociedad. Pero aún así, el grueso de la población actual son los campesinos, cultivadores hijos de cultivadores. Los años de ensayos con el maíz y el plátano, con la yuca y el arroz, solo les enseñaron que acabada la selva, la tierra es cada día más pobre, los créditos son escasos, los mercados están muy distantes y los agiotistas acosan. Por qué no ensayar entonces otra cosa? Por qué se lo impone la guerrilla, la narco guerrilla, o los narcos a secas? No, porque lo impone la supervivencia.

Cómo pueden la guerrilla o los narcos, apoderarse por fuerza o por engaño de las voluntades de centenares de miles de personas, pues hablamos de una nutrida población de las tres regiones? La guerrilla en efecto, entró pronto a la colonización amazónica. Algunos vinieron en marchas de refugiados en los cincuenta, caminando desde sitios tan lejanos como Villarica en el Tolima y ocuparon parte del Duda y el Guayabero custodiados por hombres en armas.

La mayoría, sin embargo, llegó después, cuando se vio la cara de fracaso de la colonización campesina promovida por el Incora y la Caja Agraria con créditos internacionales. Era evidente que allí había un filón de amargura y decepción explotable, con o sin coca. La coca, sin embargo, brindó una oportunidad imprevista para la guerrilla. En pocos años variaron desde oponerse a su cultivo hasta aceptarlo, pues todos, campesinos, comerciantes de abarrotes, dueños locales del comercio de coca, todos podían con la bonanza, pagar más a la guerrilla y financiar su expansión.

Rompiendo el cerco Cómo vino de repente a descubrirse que allí se cultivaba coca en miles de hectáreas y era necesario erradicarlas? Tampoco es cierto que no se supiera en todas partes de los cultivos y de su extensión, incluyendo a los más celosos defensores actuales de su erradicación por fumigación aérea, por lo menos desde mitad de los años ochenta.

Si todos sabían pero no importaba, es sin duda un cambio en la geopolítica la que pone sobre el tapete al cultivo. Son cambios en las prioridades políticas estadounidenses, y una coyuntura del gobierno nacional, acosado por la ilegitimidad y la sombra del narcotráfico, la que pone de blanco a los campesinos. No se trata de justificar la expansión de los cultivos de coca o de menospreciar el efecto corrosivo del narcotráfico sobre la estructura institucional y sobre la misma posibilidad de convivencia ciudadana.

Pero sí es preciso mirar las raíces de un malestar tan amplio, irreductible a la simpleza de los agentes oficiosos. Solo una tensión más perdurable y profunda explica la terca desesperación de las movilizaciones.

Es comprensible la preocupación de la Comisión Nacional de Televisión sobre el abuso de imágenes dolorosas, pero son esas imágenes dramáticas las que han roto el cerco militar y señalan la dimensión. Al impresionar la sociedad, al mostrar la aflicción humana han puesto en evidencia el sufrimiento campesino, para que como ocurrió en Bosnia, finalmente la sociedad lo trate como un problema social.

Mientras así no sea, los campesinos se obstinarán en rebelarse, y como en las rebeliones históricas, los campesinos caminan, caminan sin reparar en retenes, heridos ni muertos, con los ojos puestos en la esperanza difusa de sobrevivir.

*Tomado del Periodico: El Tiempo.
Fecha de publicación: 1 de septiembre de 1996
Link: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-487629

Mónica Restrepo: A diez años de su muerte

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Por Myriam Jimeno

Agosto de 2010

 

Un día, al inicio de 1992, recibí una llamada de Héctor Riveros quien por entonces era viceministro de Gobierno. Me informaba sobre la creación de la Comisión Especial de Comunidades Negras, según lo disponía un artículo de la reciente Constitución de 1991.

La llamada me tomó por sorpresa pues tenía escaso conocimiento de lo que era la Comisión y sus propósitos, pero lo peor era que el viceministro me preguntaba, como recién asumida directora del Instituto Colombiano de Antropología, si estaría de acuerdo con que el ICAN asumiera la Secretaría Técnica. Es decir, la coordinación de la Comisión. Tratando de no hacer evidente mi desconcierto y de ganar tiempo, le pedí la documentación disponible para poder estudiarla y darle una respuesta.

Creo que muchos eventos y decisiones de la vida se encadenan de manera imprevista y hasta casual. El siguiente fin de semana encontré a Alfredo Molano en alguna reunión familiar. Alfredo me planteó la posibilidad de que una socióloga, que había trabajado como su asistente de investigación y que estaba buscando trabajo, tuviera alguno en el ICAN. Como de paso, le pregunté por la experiencia de ella. Alfredo me contó de sus viajes conjuntos al Chocó y de la tesis de ella sobre el Atrato Medio y sobre la organización campesina de esa región. Me pareció demasiada casualidad, demasiado para ser verdad.

Pero, claro, había que seguir los procedimientos y ver si en verdad me ayudaría a entender de qué se trataba la Comisión. Y Mónica llegó al ICAN. Muerta de risa,  con una mini mini falda, no sólo me explicó el proceso que venía detrás de la Comisión, sino que me contagió con su entusiasmo para darle importancia a la Secretaría Técnica. Asumimos el trabajo de la Secretaría y de allí en adelante y hasta la expedición de la Ley de Comunidades Negras, ella siguió con el mismo entusiasmo y empeño. Sólo así pudimos sobrepasar innúmeras dificultades atravesadas en el camino de un diálogo que por momentos parecía imposible entre instituciones estatales, delegados de las comunidades negras del Pacífico y algunos políticos regionales. Fue el tesón de Mónica el que nos permitió proseguir en el ICAN  durante algo más de un año, y pese desconfianzas, celos y recelos profundos, hasta llegar a un texto de proyecto de ley y hasta culminar con la expedición de la Ley por el gobierno de César Gaviria.

No sé de dónde le venía su convicción profunda en el trabajo por los derechos de las comunidades negras de Colombia. Sólo sé que todavía se cosechan sus frutos y que aún debemos empeñarnos, con esa misma convicción que Mónica nos legó, por sobrepasar los escollos del proceso de afirmación de derechos de las comunidades negras en Colombia.


Por una política de Estado en inversión en educación universitaria.

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Myriam Jimeno
Profesora titular Universidad Nacional de Colombia

Texto enviado al diario El Tiempo, 18 de Octubre de 2009

La inaceptable retención del rector Moisés Wasserman en la Universidad Nacional el pasado viernes, no debe distraer la atención sobre el problema central que amenaza a las universidades públicas del país: el progresivo debilitamiento de su presupuesto. Las cifras son innegables y así lo corroboró el informe de la Contraloría General de la República. Las razones también han sido bien expuestas por los rectores universitarios y residen en el desfase entre el incremento basado en el índice de precios al consumidor, mientras crecen a un ritmo mayor los gastos en un mejor profesorado, en un aumento de los cupos estudiantiles en un 50%, en el crecimiento de programas de postgrado de calidad, en inversiones en laboratorios y bibliotecas y en los compromisos pensionales. Es decir, la mayoría, gastos en asegurar la calidad de la educación y en mejorar las posibilidades de ingreso de estudiantes de menores recursos.

Que irónico resulta entonces, que mientras las universidades públicas se esfuerzan como nunca antes en colocarse entre las mejores de América Latina e inviertan justamente en lo que las hace mejores, los funcionarios del Ministerio de Educación quieran ocultar el sol con contrasentidos. Contrasentidos como aquel de decir “Sí hay que incrementar el presupuesto, pero el reparto tiene que ser diferente. Hay que empezar a favorecer las universidades pequeñas de región” (Gabriel Burgos, Viceministro, El Tiempo). Por supuesto que se debe apoyar y favorecer a las universidades regionales pequeñas, pero no cabe argüir esto en medio de la quiebra que las amenaza a todas. Tampoco es razonable sostener que la inversión en unas se puede hacer si se deteriora o asfixia a las otras, a menos que el propósito sea igualar por lo bajo.

Qué bueno sería que el país tuviera una política de educación universitaria con metas de envergadura para el crecimiento nacional y buscara un lugar en el concierto mundial en vez de trastabillar en confusiones de un falso igualitarismo. Que tuviera política en vez de miopía, pues los funcionarios no ven que las diferencias en inversión se tradujeron ya en diferencias en calidad y que no pueden sumar, o más bien restar, peras de caballos.

Que bueno sería tener una política que entendiera el rezago colombiano en investigación y postgrados de calidad y la inversión- que no gasto- que implica. Qué bueno sería una política universitaria en Colombia que comprendiera que asegurar la calidad en la universidad pública es invertir en equidad social al garantizar buena educación para los más pobres. Qué bueno que tuviéramos una política con la visión de India, Corea y otros países asiáticos, o la de Brasil, donde decidieron invertir en educación como motor del desarrollo basado en alta tecnología y por eso crecen hoy, en plena crisis. Qué bueno que Colombia tuviera una política de inversión en educación universitaria.


Álex Quintero: una vez más la misma historia

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Por: Myriam Jimeno. Profesora, Universidad Nacional de Colombia.

Publicado en ELESPECTADOR.COM/cartas de nuestros lectores/2 Junio 2010

http://www.elespectador.com/columna-206624-alex-quintero-una-vez-mas-misma-historia

El domingo 23 de mayo Álex Quintero fue muerto a tiros en Santander de Quilichao, en el norte del Cauca, cuando llegaba a su casa.

Venía de su trabajo en el Alto Naya, donde era un reconocido dirigente campesino, presidente de la Asociación de Juntas Comunales. Era activista de los derechos de la población multiétnica que buscó un mejor vivir en esa remota región. Se destacó por haberse empeñado en conocer la verdad y lograr que se hiciera justicia por la masacre del 2001 en el Alto Naya. ¿Quiénes la instigaron? ¿Por qué “no son judicializados ni procesados los responsables?”, reclamó en público varias veces.

Álex tenía 37 años, hijos muy jóvenes y un tesón enorme para organizar, para conectar la diversidad de puntos de vista de indios, campesinos y negros, de comerciantes y cultivadores, todos ellos habitantes del Naya. Por eso lo conocían y respetaban. Murió en la misma semana en que fueron asesinados otros tres dirigentes rurales. Es necesario averiguar por el crimen de estos defensores de derechos humanos, dijo el Ministro del Interior y Justicia.

Justicia, en efecto, es lo que no hay. Ni para responder la pregunta insistente de Álex, ni para indagar por su muerte. De nuevo es la repetición de esa historia de una y tantas otras veces en estos años, que ya hasta parece sin sentido hablar sobre un nuevo caso. Pero por duras que sean las circunstancias que viven, las personas tienen la posibilidad de decidir su conducta a plena conciencia. Esa libertad nadie nos la puede arrebatar, dijo Viktor Frankl, sobreviviente de los campos nazis, pues allí se encuentra el sentido de la vida frente a lo que de otra manera sólo serían hechos de brutalidad y de injusticia. Por eso, en el entierro, centenares de indios y campesinos desfilaron en el calor agobiante de Santander. Con sus emblemas y pancartas, ante ojos, curiosos unos, amenazantes otros, se obstinaron en su lucha por encontrarle sentido a la vida de Álex y a sus propias vidas. Lo hallaron en su reclamo público y en la esperanza de que esa protesta abierta permita dejar atrás la extendida idea, compartida en demasiados ámbitos, de que un dirigente crítico es una amenaza, en vez de una garantía para una mejor sociedad.


Emociones y política. La “víctima” y la construcción de comunidades emocionales

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Myriam Jimeno
Antropóloga, profesora titular Universidad Nacional de Colombia

Avenida Carrera 20 # 86-30, apto 301, Bogotá, Colombia, mjimenos@gmail.com
Texto en evaluación para publicación en  Mana: Estudios de Antropología Social

Resumen
En el texto me detengo en la construcción cultural de la categoría de víctima como una forma de afirmar civilidad. Propongo que durante los años pasados presenciamos en Colombia la afirmación de un lenguaje que acude a narrar experiencias personales de sufrimien to en forma de testimonio personal. Este lenguaje, eminentemente emocional, crea lazos entre personas diversas de lo que podemos llamar sociedad civil, en torno a compartir “la verdad” de los hechos de violencia de los últimos años. Argumento que este lenguaje del testimonio personal tiene efectos políticos en tanto construye una versión compartida de los sucesos de violencia de la última década y sirve de puntal para una ética del reconocimiento y para acciones de reclamo y reparación, dado que es un mediador simbólico entre la experiencia subjetiva y la generalización social. Examino la construcción social de la categoría de víctima en tres escenarios sociales: la puesta en escena y la movilización por parte de la comunidad indígena frente a hechos de violencia, las manifestaciones masivas del año 2008 y la lucha por obtener la Ley de Víctimas. Destaco el papel relevante de mujeres e indígenas por servirse del testimonio público sobre hechos de violencia, como medio de alcanzar la verdad, lo que apunta a crear una narrativa compartida y a la generalización de principios morales frente a los actos de violencia en nombre de la “política”.

Palabras clave: Víctima, violencia, comunidades emocionales, Colombia.


¿Crimen pasional, o feminicidio?

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Por Myriam Jimeno

Profesora Titular, Centro de Estudios Sociales CES, Universidad Nacional de Colombia
Comentario al texto de Elizabeth Castillo,  Feminicidio en Colombia. Estudio de caso en cinco ciudades del país, Bogotá: PROFAMILIA, 2008, 82 pág.

Feminicidio es el término que eligió Elizabeth Castillo para su estudio sobre “la realidad de la muerte de mujeres en Colombia”. Pese a que ella afirma que no pretende oponerlo al término homi-cidio, que es el usual para referirse a la muerte de una persona causada por otra, el término denota a las claras su intención: se trata de evitar que las muertes violentas de mujeres sean tratadas como si fueran “casos aislados de violencia y no como un problema social” para enfrentar. Esa es la tesis sobre la que se construye este trabajo. Castillo sostiene que al analizar los medios de comunicación, la acción institucional y los relatos personales, se revela, aún hoy, una tendencia hacia la invisibilización de la violencia de género. Subsiste, dice, una legitimación cultural de la violencia contra la mujer.

Castillo explora siete periódicos a lo largo del año 2004, cuatro de ellos que cubren las principales ciudades del país y tres son regionales. El material de estudio fueron 595 noticias. Pese a que el material merece un análisis de mayor profundidad, muestra que cerca del 90% de las noticias sobre muerte a mujeres se limita a un registro “judicial” del hecho: el resultado es que los crímenes carecen de un contexto adecuado y aparecen como sueltos, como hechos aislados. En pocos casos los periodistas consultan otra fuente además de la oficial (sólo lo hicieron en el 7% de las noticias del lapso de estudio); es raro que acudan a expertos y se ignoran las organizaciones especializadas. El lenguaje empleado y la forma de presentación de la noticia evidencian el sistema cultural de referencia de los periodistas: esto es especialmente crudo en la crónica “amarilla”, que suele banalizar y aún ridiculizar el acto de muerte con titulares y fotos escabrosas; la atención se dirige al cuerpo de la mujer, con énfasis particular en su belleza y en detalles que le quitan dignidad en la muerte.La mayoría de las muertes que se registraron el año 2004 se atribuyeron a la llamada delincuencia común (35%); pero cuando se trató de la muerte por violencia doméstica o cuando existía una relación sentimental con el agresor, de inmediato el crimen es imputado al mundo “pasional”. Este marco cultural de referencia atribuye el suceso a los celos, descritos como si fuesen una fuerza devastadora que es explicación suficiente de lo ocurrido. Es típico de este tratamiento el titular que Castillo extrae de “El País” de Cali: “Al parecer cegado por los celos..” da muerte a su mujer….Tal como encontré cuando realicé el trabajo sobre el mal llamado “crimen pasional” en Brasil y Colombia (Crimen pasional. Contribución a una antropología de las emociones, 2004), resulta muy llamativo que los celos mortales, con frecuencia acompañados por el alcohol, acometan ante todo a los hombres.

Como para confirmar lo dicho, el día sábado 9 de febrero pasado (pp. 1-4), el diario El Tiempo, en la parte inferior de la página, justo debajo de la noticia sobre el “Nuevo amo del narcotráfico”, titula: “Van 10 muertos por celos en un mes”. ¿Muertos? Dice la Redacción de Justicia, autora de la nota, que fueron 10 las muertas a manos de sus esposos, ex esposos o novios; 8 en Bogotá y dos en Manizales. También nos cuenta que durante el año 2007 ocurrieron 58 “crímenes pasionales”, en los que 51 de las víctimas fueron mujeres. Para esta nota sí consultaron un experto, un psiquiatra, quien afirma que todo se debe a un “apego extremo y dependencia de la pareja, sin entender que ella tiene otros intereses”. Habría que preguntarse por la razón por la cual este apego mortal y estos “celos” destructivos, se concentren de manera tan acentuada en el sexo masculino. Pero esto no es objeto de reflexión alguna. Justamente es lo que silencian las notas periodísticas y la suplantan con la pretensión de experticia psicológica sobre los casos.

Lo que callan los periodistas, y que el texto de Elizabeth Castillo me permite reiterar, es que detrás de la patologías individuales se esconde un esquema cultural ampliamente compartido por “sanos” y “enfermos” y del cual todos se nutren. Según este esquema la mujer es apropiada por el hombre en su relación de pareja. Los resortes culturales principales de esa construcción cultural son tres: la romantización del amor de pareja, según lo cual quien no tiene pareja no vale nada y la una “pertenece” al otro; el segundo es la pretensión de que la violencia surge de forma repentina y es ejecutada por “locos”; y la tercera es la psicologización de la conducta humana que supone a la persona como escindida en compartimentos separados, uno de sentimiento, otro de pensamiento y razón. Por esto comparto con Elizabeth Castillo la idea de que enunciar el crimen como “pasional” es un dispositivo cultural que oculta que el extremo criminal hace parte de una cadena cotidiana de agresiones y malos tratos dados a las mujeres en su propia casa. No es, pues, fruto de un repentino ataque emocional.

Esto se muestra en los cerca de 57.000 casos de violencia doméstica denunciados ante Medicina Legal en el año 2006. También en los relatos personales que recoge Elizabeth, que sería deseable ver más aprovechados, pues se constata que el crimen es un desenlace de una cadena previa de agresiones, por lo general repetidas durante muchos años. Ellas “aguantan” y esperan por miedo, en nombre de los hijos y por falta de apoyo. Durante esa larga espera puede ocurrir, en 9 de cada 10 casos, que el hombre mate a la mujer. El soporte institucional es todavía insuficiente, engorroso y débil, pues no ofrece amparo ni seguimiento adecuado a la mujer agredida. Así se ve en el relato que trae Castillo de una mujer, quien después de muchos años denunció a su marido. Dijo ante la Comisaría de Familia que “ya no quiere vivir más con él” y que soportó innumeras agresiones porque no podía sostener a sus hijas. La Comisaría entonces buscó una conciliación con la pareja, lo que provocó una severa golpiza y cuando se gestionaba una medida de protección, la mujer fue muerta por su marido. Me pregunto, ¿crimen pasional, o feminicidio?

Bogotá, Febrero de 2008

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Los indios, ni sospechosos ni “pobrecitos”

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Por: Myriam Jimeno
Profesora Universidad Nacional de Colombia

Publicado originalmente en el diario El Tiempo el sábado, 15 de noviembre de 2008, pp 1-25

Los indios, afirma la antropóloga brasileña Alcida Ramos, revelan los lados ocultos de cada nación. Los sentimientos, las contradicciones y valoraciones nacionales se pueden entender por medio de la expresión sobre lo indígena. Miren no más lo que ha surgido con la marcha hacia Cali de cerca de treinta mil indígenas del Cauca: el problema de tierras, no resuelto en el país entero; la debilidad de las instituciones nacionales para cumplir con sus funciones acordadas como pactos “especiales” en otros movilizaciones de años atrás; los obstáculos mentales para reconocer que diversidad cultural e igualdad social deben ir de la mano; los grandes intereses creados en zonas rurales; la tentativa de reducir los problemas sociales al orden publico; los intentos de infiltración y manipulación de extremistas y, por supuesto, un nada velado racismo que evidencian periodistas como M. I. Rueda.

¿De qué hablamos cuando hablamos de los pueblos indios? Nuestra época, dice un experto en el tema de lo multicultural, W. Kymlicka, se caracteriza porque mientras el mundo entero se hace más heterogéneo por la migración y la intercomunicación, también cada vez más grupos se movilizan y afirman su identidad cultural y étnica. Los ejemplos son muy abundantes y menciono sólo dos, la ex Yugoeslavia y Somalia, por su capacidad de crear enormes y continuados problemas políticos y humanitarios.  Así que cuando hablamos del problema indio tratamos un tema estrictamente contemporáneo, no de “atraso” versus progreso. Es, sin embargo, un tema no resuelto en muchos países y que contiene dos asuntos muy distintos que precisan solucionarse de manera ligada: son ellos el reclamo por reconocer respeto y derechos a la diferencia cultural y los reclamos por la igualdad social. Así que encaramos al tiempo la diferencia y la igualdad.

La diferencia significa el derecho a que los pueblos sean reconocidos en su particularidad histórica y se les respete su vida cultural, lo que se traduce en derechos sobre el tipo de educación, de autoridad, de lenguas, de formas de producción, tal como en Colombia lo abordó de manera ejemplar la constitución de 1991. Por el otro lado, está la igualdad, que significa que la diferencia no puede traducirse en formas de subordinación, humillación, expoliación o acceso inferior a los recursos y bienes: a la tierra en primer lugar en el caso de los indígenas colombianos. La manipulación que se ha hecho de las cifras de tierras en la Amazonia pretende ocultar la escasez y la pobreza de los pueblos indios de Nariño, Cauca, Risaralda, Córdoba, Cesar, Magdalena, entre otros. Y sobre esto y el cumplimiento de la constitución tenemos un gran rezago.

No estamos pues aquí frente a un tema de un pretendido aislacionismo ni a un canto al “atraso” pues estos pueblos llevan centurias de relación, de mala relación sí, con la sociedad nacional en todas sus variadas formas. Las relaciones van desde una agresiva catequización hasta la educación formal universitaria, como lo muestra Daniel Piñacué, el comunicador social. Estamos sí frente al reto de darle reconocimiento público a la diferencia cultural sin desigualdad social, a buscar relaciones de respeto mutuo entre culturas. Por eso necesitamos abordar de manera explícita las necesidades y aspiraciones de las minorías étnico culturales, indias, negras, rom.

Cada  pueblo, como dice Boaventura de Sousa Santos, tiene el derecho a ser igual siempre que la diferencia lo haga inferior y a reclamar la diferencia cuando se desconozca su derecho a la identidad particular.


Los dibujos Antommarchi

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Myriam Jimeno

Palabras en la entrega de la edición facsimilar de las Planches anatomiques du corps humain: executées d´aprés les dimensiones naturelles, de Francesco Antommarchi, Claustro de San Agustín, Bogotá,  octubre 22 de 2009

Con la entrega de la edición facsimilar de los dibujos Antommarchi se inició el calendario de la Universidad Nacional para la celebración de los 200 años de vida republicana y los 142 de empeño en el proyecto  cultural que se llama Universidad Nacional. El camino recorrido para llegar a mostrar esta hermosa colección deja ver al mismo tiempo las dificultades – pequeñas y grandes – de estos proyectos culturales en nuestro contexto social, tanto como trasluce el tesón y la convicción profunda de quienes los hacen posibles. Es gracias a ese empeño personal, a ese jugarse por ellos, como la sociedad colombiana puede contar con el rescate de los Antommarchi, como puede contar con el empeño en mantener un proyecto social de 142 años.

Conocí de estos dibujos en el año de 1991 por la profesora Estela Restrepo, docente del Departamento de Historia e investigadora del Centro de Estudios Sociales, CES, de la Facultad de Ciencias Humanas. Escuché medio escandalizada, medio incrédula, su relato del encuentro en 1984, en un sótano, de unas desconocidas planchas de anatomía. También por años escuché de su lucha para interesar a la Universidad en su restauración y difusión y debo confesar que hasta dudé de que tales dibujos en verdad existieran o fueran valiosos. Pero el que persevera encuentra, dice el refrán. La oportunidad se presentó con el doble aniversario de la Universidad y de nuestra historia republicana. En la primera parte de investigación y restauración la apoyaron los profesores Fernando Montenegro, por entonces Vicerrector de la sede de Bogotá y la secretaria de la sede, Profesora Carmen María Romero. Posteriormente, el rector Moisés Wasserman y los integrantes de la Comisión para la Celebración del Bicentenario apoyamos la idea de la edición facsimilar acompañada de una exposición en el Claustro de San Agustín.

Fue posible acceder al contexto histórico de la producción de esta obra, cuando la historiadora Estela Restrepo, en el curso de sus indagaciones persistentes, procuró en 1990 a la doctora Ema Alder, profesora de la Facultad de Medicina hasta su retiro. Ella le entregó, con destino al recién reconformado Museo de Historia de la Medicina,  una carta recibida de su colega y amigo, el profesor de microbiología Andrés Soriano Lleras. En ésta comunicaba la importancia de la obra y narraba a grandes rasgos la biografía de Francesco Antommarchi.

Andrés Soriano sabía del valor de las Planchas, que al parecer encontró cuando conformó en 1960 el Museo de la Facultad de Medicina, Museo que duró sólo hasta 1964. Veinte años más tarde, en 1984, Estela Restrepo las encontró en el sótano de la Biblioteca Central, mientras indagaba por la historia de la pedagogía en la Universidad Nacional. Soriano, celoso de la guarda de las Planchas, le había pedido a la Dra. Alder que sólo le entregara la carta al rector de la Universidad que se hubiera leído el Quijote porque según él, el mundo  se dividía en dos: “Una mitad conformada por los que habían leído el Quijote y la otra, por los que nunca lo iban a leer”.

Por la carta y por las pesquisas adelantadas por el Grupo de Investigación sobre Historia de la Medicina de la profesora Estela Restrepo en el CES, sabemos que FRANCISCO ANTOMMARCHI Y MATTEI nació en Córsega en junio de 1789. Hizo sus estudios de medicina en Liorna, Pisa, bajo la dirección del notable profesor Mascagni. Las lecciones de este profesor, uno de los más grandes anatomistas de su época, fueron aprovechadas por Antommarchi de manera extraordinaria, pues realizó un profundo estudio del cuerpo humano en sus PLANCHAS ANATOMICAS, el cual ha sido considerado como uno de los trabajos más notables de su tiempo. También en Florencia ejerció la cátedra de anatomía, en el año de 1813.

En 1819, por petición de la madre de Napoleón, doña Leticia Bonaparte, fue nombrado médico del Emperador en su destierro y partió con él para la isla de Santa Elena. Afirmó que el mal clima de la isla había producido el cáncer en el hígado que terminó con la vida del Emperador, diagnóstico que fue confirmado muchísimos años después por el profesor Arthut Keith, Director del Real Colegio de Cirujanos de Londres. Después de la muerte de Napoleón, Antommarchi comenzó a preparar la edición de la Anatomia Universa de Mascagni con comentarios personales. Unos años más tarde, la publicó con el título que conocemos de Planches anatomiques du corps humain: executées d´aprés les dimensiones naturelles, edición que dedicó a Napoleón.

Sobre la relación de Francesco Antommarchi con América, se conoce que llegó en 1838 a Cuba, con el fin de encontrarse con su primo, Antonio Benjamin Antommarchi, quien había hecho fortuna en plantaciones de café. Allí se dedicó al estudio de la fiebre amarilla y luchó intensamente por combatirla. También llevó a cabo, en la hija del Marqués de Moya, Gobernador de la Isla, la primera operación de cataratas que se hacía en ese lugar y logró con ella el más completo éxito. El gobernador fundó entonces un hospital para que pudieran beneficiarse de sus servicios los muchos pacientes que sufrían de los ojos y encomendó su dirección al Dr. Antommarchi. Pero en la isla se había declarado una epidemia de fiebre amarilla y tres meses después, el 3 de abril de 1838, murió a causa de esta enfermedad.

Pero ¿cómo llegaron las Planchas a  la Universidad Nacional? Durante varios años esto fue una incógnita, como también la contribución de Napoleón a la copia litográfica. Tampoco se sabía sobre las diferencias entre la obra de Mascagni y la de Antommarchi ni sobre su uso en la Facultad de Medicina o en el país. El Grupo de Investigación sobre Historia de la Medicina trabajó entonces con litógrafos y artistas, entrevistó a profesores de la Facultad de Medicina, a académicos como el Dr Zoilo Cuellar, realizó visitas a museos y bibliotecas de París, Florencia y Siena, leyó el diario de Antommarchi, consultó los programas de anatomía de la Facultad de Medicina de la Universidad durante el siglo XIX y la primera mitad del XX, indagó con bibliotecólogas de la Universidad  Nacional de hace ya años y logró aclarar lo fundamental de las preguntas.

Entre éstas encontró el parentesco entre Francesco Antommarchi y un destacado profesor de la Facultad de Medicina, Juan de Dios Carrasquilla. Por el cuadro genealógico que el Grupo reconstruyó, sabemos ahora que un hermano de Francesco Antommarchi, José María, se casó con la colombiana Victoria García Herreros y Santander y una descendiente de esa unión, sobrina nieta del anatomista, le donó un juego a la Universidad Nacional, a través de su suegro, el profesor Carrasquilla. Toda la evidencia indica que nunca fue usado para la enseñanza.
Esta historia tan mediada por lo personal, por la valoración afectiva de los productos culturales, nos habla de lo endeble y lo frágil, y también de lo perdurable. De los tropiezos como de los logros de la perseverancia. Nos habla de profesores que toman a pecho y como cosa propia el patrimonio de la institución y por generaciones se comunican entre sí entorno a ese mismo empeño. Nos habla de los grupos de investigación de la Universidad que aúnan a profesores  con años de práctica junto a investigadores en formación: Ona Vileikis, Mauricio Escobar, José Alfredo Latorre de historia, Catherine Montagu de antropología, en el grupo de la profesora Estela Restrepo. También de quienes apoyaron ahora el dispendioso trabajo editorial, Paola Ruiz, de la maestría de Historia y asistente de la Comisión del Bicentenario y Verónica Bermúdez , directora editorial del CES. Nos recuerda el apoyo de Edmond Castell y su equipo del Claustro de San Agustín, y de la importancia de consolidar el Sistema de Patrimonio Cultural y Museos de la sede de Bogotá de la Universidad Nacional como medio de preservación patrimonial.

Finalmente, es una oportunidad para recordar cuánto necesita Colombia una política de inversión en educación universitaria como parte de una política en educación pública universitaria. Los Antommarchi nos ponen de presente el compromiso con una tradición de conocimiento y producción cultural. Sabemos también que al entregarle a la sociedad y a un grupo de entidades culturales del mundo esta obra, les hablamos sobre la importancia estratégica de proteger el legado universitario, de salvaguardarlo contra las amenazas del momento. SabLos-dibujos-Antommarchiemos que es una manera de revivir el pacto entre universidad y sociedad y de cumplir con lo que nos ha sido encomendado: formar generaciones en el conocimiento, en la investigación y en la capacidad de proteger nuestro legado cultural.

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