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Por una política de Estado en inversión en educación universitaria.

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Myriam Jimeno
Profesora titular Universidad Nacional de Colombia

Texto enviado al diario El Tiempo, 18 de Octubre de 2009

La inaceptable retención del rector Moisés Wasserman en la Universidad Nacional el pasado viernes, no debe distraer la atención sobre el problema central que amenaza a las universidades públicas del país: el progresivo debilitamiento de su presupuesto. Las cifras son innegables y así lo corroboró el informe de la Contraloría General de la República. Las razones también han sido bien expuestas por los rectores universitarios y residen en el desfase entre el incremento basado en el índice de precios al consumidor, mientras crecen a un ritmo mayor los gastos en un mejor profesorado, en un aumento de los cupos estudiantiles en un 50%, en el crecimiento de programas de postgrado de calidad, en inversiones en laboratorios y bibliotecas y en los compromisos pensionales. Es decir, la mayoría, gastos en asegurar la calidad de la educación y en mejorar las posibilidades de ingreso de estudiantes de menores recursos.

Que irónico resulta entonces, que mientras las universidades públicas se esfuerzan como nunca antes en colocarse entre las mejores de América Latina e inviertan justamente en lo que las hace mejores, los funcionarios del Ministerio de Educación quieran ocultar el sol con contrasentidos. Contrasentidos como aquel de decir “Sí hay que incrementar el presupuesto, pero el reparto tiene que ser diferente. Hay que empezar a favorecer las universidades pequeñas de región” (Gabriel Burgos, Viceministro, El Tiempo). Por supuesto que se debe apoyar y favorecer a las universidades regionales pequeñas, pero no cabe argüir esto en medio de la quiebra que las amenaza a todas. Tampoco es razonable sostener que la inversión en unas se puede hacer si se deteriora o asfixia a las otras, a menos que el propósito sea igualar por lo bajo.

Qué bueno sería que el país tuviera una política de educación universitaria con metas de envergadura para el crecimiento nacional y buscara un lugar en el concierto mundial en vez de trastabillar en confusiones de un falso igualitarismo. Que tuviera política en vez de miopía, pues los funcionarios no ven que las diferencias en inversión se tradujeron ya en diferencias en calidad y que no pueden sumar, o más bien restar, peras de caballos.

Que bueno sería tener una política que entendiera el rezago colombiano en investigación y postgrados de calidad y la inversión- que no gasto- que implica. Qué bueno sería una política universitaria en Colombia que comprendiera que asegurar la calidad en la universidad pública es invertir en equidad social al garantizar buena educación para los más pobres. Qué bueno que tuviéramos una política con la visión de India, Corea y otros países asiáticos, o la de Brasil, donde decidieron invertir en educación como motor del desarrollo basado en alta tecnología y por eso crecen hoy, en plena crisis. Qué bueno que Colombia tuviera una política de inversión en educación universitaria.


Álex Quintero: una vez más la misma historia

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Por: Myriam Jimeno. Profesora, Universidad Nacional de Colombia.

Publicado en ELESPECTADOR.COM/cartas de nuestros lectores/2 Junio 2010

http://www.elespectador.com/columna-206624-alex-quintero-una-vez-mas-misma-historia

El domingo 23 de mayo Álex Quintero fue muerto a tiros en Santander de Quilichao, en el norte del Cauca, cuando llegaba a su casa.

Venía de su trabajo en el Alto Naya, donde era un reconocido dirigente campesino, presidente de la Asociación de Juntas Comunales. Era activista de los derechos de la población multiétnica que buscó un mejor vivir en esa remota región. Se destacó por haberse empeñado en conocer la verdad y lograr que se hiciera justicia por la masacre del 2001 en el Alto Naya. ¿Quiénes la instigaron? ¿Por qué “no son judicializados ni procesados los responsables?”, reclamó en público varias veces.

Álex tenía 37 años, hijos muy jóvenes y un tesón enorme para organizar, para conectar la diversidad de puntos de vista de indios, campesinos y negros, de comerciantes y cultivadores, todos ellos habitantes del Naya. Por eso lo conocían y respetaban. Murió en la misma semana en que fueron asesinados otros tres dirigentes rurales. Es necesario averiguar por el crimen de estos defensores de derechos humanos, dijo el Ministro del Interior y Justicia.

Justicia, en efecto, es lo que no hay. Ni para responder la pregunta insistente de Álex, ni para indagar por su muerte. De nuevo es la repetición de esa historia de una y tantas otras veces en estos años, que ya hasta parece sin sentido hablar sobre un nuevo caso. Pero por duras que sean las circunstancias que viven, las personas tienen la posibilidad de decidir su conducta a plena conciencia. Esa libertad nadie nos la puede arrebatar, dijo Viktor Frankl, sobreviviente de los campos nazis, pues allí se encuentra el sentido de la vida frente a lo que de otra manera sólo serían hechos de brutalidad y de injusticia. Por eso, en el entierro, centenares de indios y campesinos desfilaron en el calor agobiante de Santander. Con sus emblemas y pancartas, ante ojos, curiosos unos, amenazantes otros, se obstinaron en su lucha por encontrarle sentido a la vida de Álex y a sus propias vidas. Lo hallaron en su reclamo público y en la esperanza de que esa protesta abierta permita dejar atrás la extendida idea, compartida en demasiados ámbitos, de que un dirigente crítico es una amenaza, en vez de una garantía para una mejor sociedad.