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Alicia Dussán fundadora

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Myriam Jimeno

mjimenos@gmail.com

Bogotá, Octubre 15 de 2013

Roberto Pineda, a quien agradezco la invitación en esta noche, comenzó con un recuerdo su presentación en el homenaje a Alicia Dussán organizado en abril de 2009 en la Universidad Nacional: rememoró sus clases con Alicia como primíparo de antropología en la Universidad de los Andes. Era 1968, poco antes de su salida de esa universidad. No puedo imitarlo en esta ocasión pues no tomé clases con Alicia Dussán. Apenas la veía: opinando, instruyendo, hablando con Anita, bajando y subiendo con rapidez las escaleras de la casa vieja que por entonces alojaba la muy nueva carrera de Antropología. Los estudiantes de esos primeros años éramos muy pocos, no llegábamos a diez por promoción. La gran mayoría mujeres, de seguro porque no parecía una carrera muy promisoria. Tal vez se juzgaba que era una entretención para niñas en busca pasajera de lo exótico, un pequeño entreacto divertido en sus vidas.

Los fundadores – las fundadoras, claro está- ocupan una condición especial en el imaginario social, como bien lo sabemos; son personas que han abierto caminos por los que no se transitaba y sufren procesos que van desde el rechazo,  el ostracismo o la marginalidad, tal vez debía decir liminalidad para sonar más antropológica. La persona fundadora actúa en una zona de incertidumbre, donde aún no se asientan las nuevas prácticas ni se vislumbran sus efectos. Hasta que va aconteciendo una progresiva incorporación. La incorporación puede desembocar en asignarles características sui géneris, dotarlas de poderes especiales, o también en revalorar el sentido de sus obras desde el lente del presente. Ya en esa fase de incorporación, ¿cuál es el sentido de Alicia Dussán?

No voy a detenerme en las denominadas “expediciones” a partir de 1941, cuando egresó del Instituto Etnológico Nacional y que fueron su actividad profesional como investigadora de campo en arqueología y etnografía por los siguientes veinte años. Ni en su aporte a una aproximación nueva de la arqueología, que proponía enfocar a procesos culturales e iluminarla con la etnografía o en los trabajos pioneros de Puerto Hormiga que evidenciaron la profundidad temporal del poblamiento americano y la producción cerámica, como ya lo han señalado Felipe Cárdenas (1991),  Roberto Pineda (2012), Gerardo Ardila (1998), Jaime Arocha (2012) y Carlos Andrés Barragán (manuscrito inédito), entre otros. De esto nos queda una abundante bibliografía en coautoría con Gerardo Reichel-Dolmatoff. Tampoco me detendré en esa bella obra de la etnografía colombiana, La gente de Aritama ([1961] 2012, véase también Uribe Tobón, 1986). Ella fue durante esos años una joven mujer que recorría campos, aldeas y ciudades de las dos costas colombianas, vista con sospecha y burla, según dicen Roberto Pineda (2012) y Amparo Elisa Guerrero (1999).

Más allá de su persistente actividad de investigadora, ¿cuál fue el significado que Alicia proyectó sobre las estudiantes de entonces como fundadora de la primera carrera de antropología? En los años ochenta Alicia afirmó en una conferencia sobre ciencia y tecnología que:

En Colombia las mujeres de mi generación fueron las primeras en obtener acceso a la educación universitaria. En 1938 un número de 56 mujeres fueron aceptadas a la Universidad Nacional representando un 0.0004% de la población femenina en el país (…) (Dussán de Reichel, 1988: 677-679, citado en Barragán, Carlos Andrés, manuscrito inédito, pp. 21).

Unos datos adicionales nos dicen que en 1943, cuando Alicia ya llevaba dos años como egresada del Instituto, el 2% de los estudiantes matriculados en universidades eran mujeres y en 1960, cerca del inicio de su trabajo para crear el departamento de Antropología en los Andes, eran apenas el 16% (Ministerio de Educación Nacional, Sistema Nacional de Educación Superior).

En algunas ocasiones Alicia ha hablado de sus compañeros del Etnológico y la Normal Superior: el primer grupo, le contó a Amparo Elisa Guerrero, lo componían ocho estudiantes, de los cuales tres eran mujeres, ella, Blanca Ochoa y Edith Jiménez.  El segundo grupo eran siete personas, tres mujeres: Virginia Gutiérrez, María Mallol, luego de Recasens, e Inés Solano. En efecto, ellas fueron las pioneras del ingreso de la mujer a la educación superior y pioneras también de la institución de la antropología como disciplina académica en Colombia.

Esto también significó que eran pioneras de la irrupción de la mujer en el mundo laboral, cuando la tasa de participación femenina en el mercado laboral apenas llegaba al 17% en los años sesenta. Quiero con esto señalar, que nosotras, las estudiantes de entonces de antropología en la Universidad de los Andes, teníamos enfrente un modelo nuevo de mujer. Casi todas nuestras madres eran amas de casa, mientras veíamos pasar por enfrente a una profesora, la única del momento en Antropología; veíamos a su hija Inés como una de nuestras compañeras. Era también una madre de familia y por supuesto que en ese momento no nos preguntamos qué podía implicar ejercer como antropóloga y tener hijos. No sospechábamos las tensiones, los dilemas ni las dificultades que eso conllevaba.

Dicen los textos de antropología que una buena parte de la cultura es tácita e inconsciente. En efecto, teníamos un nuevo paradigma femenino  enfrente, afirmativo, sin dudas ni lamentos, y poco o nada hablamos sobre él. No obstante, fue ese modelo en ejercicio el que nos permitió inclinarnos al cambio cultural con tranquilidad, de manera que sin mucho interrogarnos fuimos cogiendo por el mismo camino. Tal vez sorprendimos a quienes creían que estudiábamos antropología como divertimento de tiempos de juventud, pues la mayoría de las sesenteras ha ejercido la antropología como vocación y como profesión, con convicción y entusiasmo. Lo pudimos hacer y llegar hasta hoy día, cuando el 52% de la matrícula de la educación superior es femenina y muy poco menos de la mitad de la fuerza laboral también, porque otras venían por delante. No podría ser menos cuando nos educamos en ese modelo.


Referencias

Ardila Calderón, Gerardo Ignacio. (1998). “Gerardo Reichel-Dolmatoff y la historia de las ciencias sociales en Colombia”. En: Ardila Calderón, Gerardo Ignacio (ed.), Gerardo Reichel-Dolmatoff: antropólogo de Colombia. 1912-1994, pp. 14-21. Bogotá D.C., Museo del Oro, Banco de la República / Departamento de Antropología de la Universidad Nacional de Colombia.

Arocha Rodríguez, Jaime. (2012). “Mi maestra de antropología y vida”. Maguaré 26(1), pp. 339-345.

Barragán, Carlos Andrés. (Manuscrito inédito.)El rastro de la arqueóloga, la mirada de la antropóloga: diálogos con Alicia Dussán de Reichel y su obra.

Cárdenas-Arroyo, Felipe. (1991). “La arqueología colombiana desde la etnología”. En: Universidad de los Andes (1991). Doctorado Honoris Causa: Gerardo Reichel-Dolmatoff. Bogotá, Universidad de Los Andes. pp. 27-30.

Groot de Mahecha, Ana María.(2012). “Una historia de vida entre el pasado y el presente de Colombia. Homenaje a Alicia Dussán de Reichel-Dolmatoff”. Maguaré 26(1), pp. 335-338.

Guerrero, Amparo Elisa. 1999. Mujer y universidad. Un estudio de caso desde la perspectiva de cinco egresadas de la Normal Superior entre 1938 y 1944. Tesis de grado. Maestría en Estudios de Mujer, Género y Desarrollo, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de Colombia.

Pineda Camacho, Roberto. (2012). “La Aventura de ser antropóloga en Colombia: Alicia Dussán de Reichel-Dolmatoff y la antropología social en Colombia”. Maguaré 26(1), pp. 15-40.

Reichel-Dolmatoff, Gerardo y Alicia Dussán de Reichel. (1961). The People of Aritama. The cultural personality of a Colombian mestizo village. London, Routledge & Kegan Paul.

Reichel-Dolmatoff, Gerardo y Alicia Dussán de Reichel. (2012) La gente de Aritama. La personalidad cultural de una aldea mestiza de Colombia. Bogotá D.C., Pontificia Universidad Javeriana.

Uribe Tobón, Carlos Alberto. (1986). “La antropología de Gerardo Reichel-Dolmatoff: una perspectiva desde la Sierra Nevada de Santa Marta”. Revista de Antropología y Arqueología 2(1-2), pp. 5-26. Bogotá D.C., Universidad de los Andes.