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En la hora de la rebelión de las selvas.*

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Primero fue Calamar, luego Miraflores, El Retorno, Orito, Mocoa, Santuario y las más recientes, Florencia y Belén de los Andaquíes. Unos cuantos nombres exóticos dispersos en la extensa franja amazónica que se abre al pie de los Andes, puestos en evidencia para los sorprendidos colombianos por enardecidos pobladores.


La explicación reiterativa de voceros oficiales y medios de comunicación es bien simple: son los cocaleros, los agentes de guerrilla y narcotráfico.

Es fácil considerar las marchas campesinas del Guaviare, el Putumayo y el Caquetá como respuesta a manipulaciones de la guerrilla o la narcoguerrilla. Más difícil, pues surgen dudas e interrogantes, es preguntarse qué da lugar a tal poder, qué pone en marcha tales mareas humanas a lo largo de extensos territorios.

Vale la pena detenerse en las más socorridas afirmaciones, contrastadas casi exclusivamente por el dramatismo de las imágenes sobre los enfrentamientos.

Los movilizados son presentados como recién llegados a las selvas para trabajar en la coca, enojados por no poder seguir su lucrativo negocio, títeres de los grandes negociantes. Pero, es cierto que los marchistas son recién llegados? La mayor parte de la población de las tres regiones llegó a ellas entre 1950 y 1980, como oleadas de refugiados de la violencia, principalmente campesinos, y continuó con fugitivos de la pobreza rural y urbana de sus lugares de origen: Huila, Nariño y Boyacá y en menor proporción, Tolima, Cundinamarca y el viejo Caldas. Putumayo y Caquetá aumentaron su población vertiginosamente en esos daños, como se constata en las cifras demográficas.

La ocupación masiva del Guaviare es unos pocos años más tardía, pero previa también al auge de la coca.

Antes de la coca Cuando la coca se introdujo en las selvas a comienzos de los años ochenta, ya llevaban los colonos varios lustros quebrando monte y luchando por sacar cosechas de las tierras rojas y lavadas, por entre trochas intransitables.

Por supuesto, al arraigar el cultivo y quedar demostrado su incomparable provecho frente a todos los demás, llegaron miles de nuevos pobladores, no solo colonos, sino comerciantes, pobres urbanos y aventureros diversos, indeseables de la sociedad. Pero aún así, el grueso de la población actual son los campesinos, cultivadores hijos de cultivadores. Los años de ensayos con el maíz y el plátano, con la yuca y el arroz, solo les enseñaron que acabada la selva, la tierra es cada día más pobre, los créditos son escasos, los mercados están muy distantes y los agiotistas acosan. Por qué no ensayar entonces otra cosa? Por qué se lo impone la guerrilla, la narco guerrilla, o los narcos a secas? No, porque lo impone la supervivencia.

Cómo pueden la guerrilla o los narcos, apoderarse por fuerza o por engaño de las voluntades de centenares de miles de personas, pues hablamos de una nutrida población de las tres regiones? La guerrilla en efecto, entró pronto a la colonización amazónica. Algunos vinieron en marchas de refugiados en los cincuenta, caminando desde sitios tan lejanos como Villarica en el Tolima y ocuparon parte del Duda y el Guayabero custodiados por hombres en armas.

La mayoría, sin embargo, llegó después, cuando se vio la cara de fracaso de la colonización campesina promovida por el Incora y la Caja Agraria con créditos internacionales. Era evidente que allí había un filón de amargura y decepción explotable, con o sin coca. La coca, sin embargo, brindó una oportunidad imprevista para la guerrilla. En pocos años variaron desde oponerse a su cultivo hasta aceptarlo, pues todos, campesinos, comerciantes de abarrotes, dueños locales del comercio de coca, todos podían con la bonanza, pagar más a la guerrilla y financiar su expansión.

Rompiendo el cerco Cómo vino de repente a descubrirse que allí se cultivaba coca en miles de hectáreas y era necesario erradicarlas? Tampoco es cierto que no se supiera en todas partes de los cultivos y de su extensión, incluyendo a los más celosos defensores actuales de su erradicación por fumigación aérea, por lo menos desde mitad de los años ochenta.

Si todos sabían pero no importaba, es sin duda un cambio en la geopolítica la que pone sobre el tapete al cultivo. Son cambios en las prioridades políticas estadounidenses, y una coyuntura del gobierno nacional, acosado por la ilegitimidad y la sombra del narcotráfico, la que pone de blanco a los campesinos. No se trata de justificar la expansión de los cultivos de coca o de menospreciar el efecto corrosivo del narcotráfico sobre la estructura institucional y sobre la misma posibilidad de convivencia ciudadana.

Pero sí es preciso mirar las raíces de un malestar tan amplio, irreductible a la simpleza de los agentes oficiosos. Solo una tensión más perdurable y profunda explica la terca desesperación de las movilizaciones.

Es comprensible la preocupación de la Comisión Nacional de Televisión sobre el abuso de imágenes dolorosas, pero son esas imágenes dramáticas las que han roto el cerco militar y señalan la dimensión. Al impresionar la sociedad, al mostrar la aflicción humana han puesto en evidencia el sufrimiento campesino, para que como ocurrió en Bosnia, finalmente la sociedad lo trate como un problema social.

Mientras así no sea, los campesinos se obstinarán en rebelarse, y como en las rebeliones históricas, los campesinos caminan, caminan sin reparar en retenes, heridos ni muertos, con los ojos puestos en la esperanza difusa de sobrevivir.

*Tomado del Periodico: El Tiempo.
Fecha de publicación: 1 de septiembre de 1996
Link: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-487629

La violencia y la verdad que no se asumió*

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Por: Myriam Jimeno, profesora titular.
Departamento de Antropología. Centro de Estudios Sociales (CES) – Universidad Nacional de Colombia.

Un estudio que analizó cinco novelas escritas entre 1946 y 1966, los llamados años de La Violencia, revela las representaciones culturales que construyeron una narrativa de esa época, en la que se evidencia que la verdad solo se asumió mediante literatura y no se tradujo en justicia o reparación.

La memoria de las víctimas de hechos de violencia es tema de cada día en Colombia. Hace parte de la agenda de negociaciones con la guerrilla, se trabaja institucionalmente en el Centro de Memoria Histórica, está en la agenda de muchos políticos y es el campo de reivindicación de quienes la sufrieron.

Pero otro fue su manejo en la época de La Violencia (1946 a 1966). Ese fue el interés que me motivó a realizar el trabajo Novelas de la violencia: en busca de una narrativa compartida, el cual hizo parte del Seminario de Pensamiento Colombiano coordinado por el profesor Rubén Sierra Mejía. Ahora integra el Proyecto Ensamblado en Colombia (Universidad Nacional de Colombia, 2013), realizada por la socióloga Olga Restrepo sobre la historia de la ciencia en el país.

En el trabajo se analizaron cuatro novelas y una crónica, seleccionadas de la abundante literatura creada sobre la violencia que tuvo lugar entre 1946 y 1966, cuando se escribieron en Colombia 74 novelas y centenares de cuentos, y se produjo pintura, poesía, fotografía y teatro, en un evidente afán por dar a conocer lo que sucedía.

Las primeras novelas de este tipo datan de 1946 y abundan a partir del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948. Para este estudio se seleccionaron cinco textos que se encontraban entre los más conocidos en su momento y cubrían las principales regiones donde se concentró la violencia. Estos textos son: El Cristo de espaldas, de Eduardo Caballero Calderón; Lo que el cielo no perdona, de Fidel Blandón Berrío; Viento seco, de Daniel Caicedo; Sin tierra para morir, de Eduardo Santa; y la crónica La guerrilla del llano, de Eduardo Franco Isaza.

La novela como testimonio

Aunque la novela es definida como una ficción, recoge y trasmite de cierta manera los acontecimientos, refleja las preocupaciones y los afanes de la sociedad, está embebida en las orientaciones culturales del momento y, además, ofrece una interpretación, un lente para valorar lo ocurrido.

La tesis central del trabajo es que la proliferación literaria sobre la violencia evidencia una gran angustia por darla a conocer, por lo cual es interesante detenerse en sus claves interpretativas.

Las novelas son artefactos culturales situados histórica y socialmente. Su fuerza reside en que auspician lo que Edward Said llamó una estructura de actitud y referencia, una forma de interpretar situaciones y guiar sentimientos, pensamientos y acciones futuras. Entonces ¿cuál fue la referencia creada en las novelas de La Violencia en Colombia? y ¿por qué predomina este género? Hay que recordar que estas se escribieron en un clima de intensa confrontación entre liberales y conservadores y ese partidismo es claro en los relatos. En su gran mayoría estas obras adoptaron el punto de vista liberal, es decir, el de las víctimas, el de los perseguidos; describieron con macabra precisión cómo se expandió la violencia por ciertas regiones del país y se detuvieron en detalles terribles de este ejercicio contra las gentes del campo. No hay crueldad que no esté presente, lo que resulta chocante para la sensibilidad posterior. Pero en su exceso reside su eficacia, pues lograron construir un relato verosímil del punto de vista de los perseguidos.

Las crueldades narradas lograron un repudio moral contra los victimarios, los agentes del régimen de gobierno, a quienes señalaron sin tapujos. Asimismo se recalcó la injusticia sufrida por campesinos dedicados a vidas sencillas e inermes frente a las armas, mediante imágenes cristianas del dolor, tales como El Cristo de Espaldas. También se destacó el surgimiento de héroes trágicos, traicionados, que enfrentaron por las armas la defensa de la patria “ensangrentada” como la única opción.

¿Por qué novela? Porque era un lenguaje ya empleado de tiempo atrás en toda América Latina para la denuncia social. Pero también era lo accesible, dada la estricta censura de comunicaciones de la época. Además, se presentaron como documentos testimoniales, soportados en detalles de fechas, autores, lugares y modos de operar, una versión fundada contra la oficial.

Su papel fue contribuir a una conciencia colectiva ofreciendo un panorama sombrío, que deslegitimó las autoridades locales y nacionales y depositó la esperanza en las armas para enfrentar la injusticia. Su regodeo en la crueldad, como el gran recurso simbólico de repudio, se acompañó de la idea de la violencia como una plaga, un desastre natural alimentado por pasiones y odios “ancestrales”. Se deslizó así una semejanza de todos en la barbarie, en la irracionalidad.

Narrativa compartida

Como literatura que circuló de mano en mano y de boca en boca, y también hasta hace poco como literatura escolar, se forjó una narrativa de lo acontecido como una tragedia nacional que ha sido estigma para las élites, como lo propone Augusto Escobar Mesa.

Estas obras conformaron un conjunto que acentúa ciertos rasgos y deja otros de lado, y en ese sentido no se les puede pedir verdad histórica. Pero crearon verdad interpretativa, pues fueron la única opción de denuncia compartida y la voz de las víctimas frente al silencio, impuesto primero y acordado después en los gobiernos del posconflicto.

La expresión artística de la violencia ha sido prolífica entre nosotros, hasta el punto que su inventario es un desafío desmesurado, porque otros canales de expresión de verdad y justicia estuvieron –y han estado– taponados y fueron desprovistos del lenguaje punzante que es necesario para sentirse reparado.

Las élites nacionales y la cumbre de los dos partidos de entonces querían el silencio como parte de un pacto, que si bien permitió reconstruir la gobernabilidad y controlar la confrontación bipartidista, ocultó las heridas de la violencia. Acallar el trauma ha tenido un costo alto para la sociedad colombiana, que se ha desquitado con la deslegitimación de los partidos y la desconfianza profunda en sus instituciones de autoridad y justicia, lo que resulta problemático para la construcción de una ética pública con responsabilidades definidas.

Las novelas de La Violencia dejaron la ambigüedad de una verdad que no se asumió de otras formas públicas ni se tradujo en justicia o reparación. Nos dejaron la ambigüedad de hablar en novela sobre lo que había pasado en realidad.
Edición:

UN Periódico Impreso No. 174

* Tomado de UN Periodico, link: http://www.unperiodico.unal.edu.co/dper/article/la-violencia-y-la-verdad-que-no-se-asumio.html, 4 de marzo de 2014; 1:30 p.m.


La literatura como testigo para no repetir la violencia en Colombia*

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Un estudio de la Universidad Nacional revela que en los años 50 un silencio de facto ocultó las heridas y la verdad de los novelistas no se tradujo en justicia y reparación

La investigación de la antropóloga Myriam Jimeno resultan reveladora por las lecciones que hoy no pueden repetirse en aras de la memoria de las víctimas, un tema que está en el centro de las negociaciones de paz con las FARC

 

El conflicto colombiano en la literatura

Estudio de la antropóloga Myriam Jimeno

ELIZABETH REYES L. Bogotá,  19 FEB 2014 – 00:19 CET

 

Ahora que Colombia parece estar más cerca de cerrar un conflicto de 50 años con las guerrillas, los resultados de una investigación realizada por la antropóloga colombiana Myriam Jimeno, que revisó en detalle cómo se narró el conflicto colombiano durante la época conocida como La Violencia –un periodo entre 1946 y 1966 en el que se enfrentaron el partido liberal y el conservador–, resultan reveladores por las lecciones que hoy no pueden repetirse en aras de la memoria de las víctimas, un tema que está en el centro de las negociaciones de paz con las FARC. Una de las conclusiones es que un silencio de facto ocultó las heridas y la verdad de los novelistas no se tradujo en justicia y reparación.

Una de las conclusiones es que un silencio de facto ocultó las heridas y la verdad de los novelistas no se tradujo en justicia y reparación.

Según los inventarios, cerca de 74 novelas contaron la extrema violencia que Colombia vivió en los años 50, una proliferación literaria que para Jimeno deja ver “una gran angustia por dar a conocer esa violencia”. Pero en este caso no se trata de ficción. “Todas las novelas que estudié tienen un alto sello testimonial y se basan en hechos verídicos”, asegura la antropóloga, profesora de la Universidad Nacional en cuyo diario, UN Periódico, dio a conocer su estudio bajo el título de Novelas de la violencia y la verdad que no se asumió.

Jimeno eligió cuatro novelas y una crónica cuyo punto en común es que fueron escritas en ese momento de la historia de Colombia y que además reflejan lo vivido en distintas regiones del país donde se ensañó la violencia bipartidista. En la lista hay desde consumados escritores como Eduardo Caballero Calderón (El Cristo de Espaldas, 1952, la historia de un cura que pretendía que liberales y conservadores no se mataran), pasando por Daniel Caicedo (Viento Seco, 1953, un médico destacado pero sin entrenamiento literario que cuenta los sufrimientos a los que se enfrentó una familia campesina atacada por la policía del gobierno, masacrada y desplazada).

Otra de las novelas, Lo que el cielo no perdona (1954), la escribe el cura Fidel Blandón. “Es una especie de híbrido donde por un lado el autor intenta tener la estructura de novela, pero por otro, inserta pedazos testimoniales, cartas y fotos de masacres. Blandón denuncia la manera como la policía y las autoridades locales impulsaron la violencia contra los campesinos liberales de esa época. Sobresale en este listado,La guerrilla del Llano (1955), una crónica larga que no es otra cosa que las memorias de Eduardo Franco Isaza, integrante de las guerrillas del oriente el país.

Muchos de estos libros fueron editados fuera de Colombia y empezaron a circular en el país casi de una manera clandestina. Lo curioso es que con el tiempo, algunos de esos textos fueron incorporados a la literatura escolar.

Entre los hallazgos de Jimeno está que el 85% por ciento de las novelas escritas durante La Violencia, adoptaron el punto de vista de los perseguidos, que en ese momento tenían la connotación de ser partidistas, esto quiere decir, liberales.

Entre los hallazgos de Jimeno está que el 85% por ciento de las novelas escritas durante La Violencia, adoptaron el punto de vista de los perseguidos, que en ese momento tenían la connotación de ser partidistas, esto quiere decir, liberales. “Esas novelas no ahorraron ningún recurso en su narrativa en hacer descripciones extraordinariamente detalladas y crueles, para mostrar la relación de lo que ocurría con las autoridades del momento”, dice Jimeno, cuyo análisis tiene una mirada antropológica y social, no literaria.

Para la investigadora, fue precisamente esa descripción tan cruel la que logró una altísima eficacia moral y simbólica entre los lectores, ya que produjo repudio frente a los agresores. “Desde el punto literario puede parecer un exceso de sangre pero es un recurso muy importante para que los lectores se identifiquen con el dolor de esas víctimas. Estas novelas crearon para la posteridad una narrativa de censura de las autoridades”.

La gran pregunta es por qué estos colombianos usaron la novela para narrar la violencia. Hay dos razones. Primero hubo una cesura oficial en la prensa y la radio durante todos esos años. La televisión llegó tardíamente y también fue censurada. Y segundo, porque este género literario era muy usado en América Latina como medio de denuncia de condiciones sociales opresivas o excesivas.

Pero este esfuerzo por contar la verdad de la violencia no se dio de una manera suficientemente pública y contundente, ya que no se tradujo en justicia y reparación. “Eso es lo que estamos tratando de que no se repita hoy”, dice Jimeno. Es cierto que la literatura se convirtió en el canal de expresión de lo que estaba ocurriendo, sin embargo, estas novelas circularon de mano en mano “sin que hubiera nunca un proceso público y claro de ventilar lo ocurrido y de sanar las heridas”.

En Colombia, entre 1958 y 1974 se dio un pacto entre liberales y conservadores que le ayudó al país, desde el punto de vista político, a salir de la violencia. Pero ese pacto –dice Jimeno– también implicó un gran rechazo a que se hablara públicamente de lo que ocurrió. Y esa es precisamente una de las grandes lecciones que quedan de ese pasado. “Es necesario discutir, escuchar, abrir canales en que las propias víctimas expresen lo ocurrido y que en esa expresión se pueda encontrar la reconciliación de toda la sociedad colombiana”.

Esto es algo que viene sucediendo, en parte, a través de organizaciones de víctimas y del Centro Nacional de Memoria Histórica, que es una iniciativa del gobierno. “Pero todos los colombianos tienen que acompañar esas expresiones porque es la manera de reconocer que ha habido graves errores que no pueden repetirse”.

 

* Artículo tomado del Periódico El País, Cali, Valle del Cauca, Colombia, 03/03/2014, 11:18 a.m.