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La violencia y la verdad que no se asumió*

Por: Myriam Jimeno, profesora titular.
Departamento de Antropología. Centro de Estudios Sociales (CES) – Universidad Nacional de Colombia.

Un estudio que analizó cinco novelas escritas entre 1946 y 1966, los llamados años de La Violencia, revela las representaciones culturales que construyeron una narrativa de esa época, en la que se evidencia que la verdad solo se asumió mediante literatura y no se tradujo en justicia o reparación.

La memoria de las víctimas de hechos de violencia es tema de cada día en Colombia. Hace parte de la agenda de negociaciones con la guerrilla, se trabaja institucionalmente en el Centro de Memoria Histórica, está en la agenda de muchos políticos y es el campo de reivindicación de quienes la sufrieron.

Pero otro fue su manejo en la época de La Violencia (1946 a 1966). Ese fue el interés que me motivó a realizar el trabajo Novelas de la violencia: en busca de una narrativa compartida, el cual hizo parte del Seminario de Pensamiento Colombiano coordinado por el profesor Rubén Sierra Mejía. Ahora integra el Proyecto Ensamblado en Colombia (Universidad Nacional de Colombia, 2013), realizada por la socióloga Olga Restrepo sobre la historia de la ciencia en el país.

En el trabajo se analizaron cuatro novelas y una crónica, seleccionadas de la abundante literatura creada sobre la violencia que tuvo lugar entre 1946 y 1966, cuando se escribieron en Colombia 74 novelas y centenares de cuentos, y se produjo pintura, poesía, fotografía y teatro, en un evidente afán por dar a conocer lo que sucedía.

Las primeras novelas de este tipo datan de 1946 y abundan a partir del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948. Para este estudio se seleccionaron cinco textos que se encontraban entre los más conocidos en su momento y cubrían las principales regiones donde se concentró la violencia. Estos textos son: El Cristo de espaldas, de Eduardo Caballero Calderón; Lo que el cielo no perdona, de Fidel Blandón Berrío; Viento seco, de Daniel Caicedo; Sin tierra para morir, de Eduardo Santa; y la crónica La guerrilla del llano, de Eduardo Franco Isaza.

La novela como testimonio

Aunque la novela es definida como una ficción, recoge y trasmite de cierta manera los acontecimientos, refleja las preocupaciones y los afanes de la sociedad, está embebida en las orientaciones culturales del momento y, además, ofrece una interpretación, un lente para valorar lo ocurrido.

La tesis central del trabajo es que la proliferación literaria sobre la violencia evidencia una gran angustia por darla a conocer, por lo cual es interesante detenerse en sus claves interpretativas.

Las novelas son artefactos culturales situados histórica y socialmente. Su fuerza reside en que auspician lo que Edward Said llamó una estructura de actitud y referencia, una forma de interpretar situaciones y guiar sentimientos, pensamientos y acciones futuras. Entonces ¿cuál fue la referencia creada en las novelas de La Violencia en Colombia? y ¿por qué predomina este género? Hay que recordar que estas se escribieron en un clima de intensa confrontación entre liberales y conservadores y ese partidismo es claro en los relatos. En su gran mayoría estas obras adoptaron el punto de vista liberal, es decir, el de las víctimas, el de los perseguidos; describieron con macabra precisión cómo se expandió la violencia por ciertas regiones del país y se detuvieron en detalles terribles de este ejercicio contra las gentes del campo. No hay crueldad que no esté presente, lo que resulta chocante para la sensibilidad posterior. Pero en su exceso reside su eficacia, pues lograron construir un relato verosímil del punto de vista de los perseguidos.

Las crueldades narradas lograron un repudio moral contra los victimarios, los agentes del régimen de gobierno, a quienes señalaron sin tapujos. Asimismo se recalcó la injusticia sufrida por campesinos dedicados a vidas sencillas e inermes frente a las armas, mediante imágenes cristianas del dolor, tales como El Cristo de Espaldas. También se destacó el surgimiento de héroes trágicos, traicionados, que enfrentaron por las armas la defensa de la patria “ensangrentada” como la única opción.

¿Por qué novela? Porque era un lenguaje ya empleado de tiempo atrás en toda América Latina para la denuncia social. Pero también era lo accesible, dada la estricta censura de comunicaciones de la época. Además, se presentaron como documentos testimoniales, soportados en detalles de fechas, autores, lugares y modos de operar, una versión fundada contra la oficial.

Su papel fue contribuir a una conciencia colectiva ofreciendo un panorama sombrío, que deslegitimó las autoridades locales y nacionales y depositó la esperanza en las armas para enfrentar la injusticia. Su regodeo en la crueldad, como el gran recurso simbólico de repudio, se acompañó de la idea de la violencia como una plaga, un desastre natural alimentado por pasiones y odios “ancestrales”. Se deslizó así una semejanza de todos en la barbarie, en la irracionalidad.

Narrativa compartida

Como literatura que circuló de mano en mano y de boca en boca, y también hasta hace poco como literatura escolar, se forjó una narrativa de lo acontecido como una tragedia nacional que ha sido estigma para las élites, como lo propone Augusto Escobar Mesa.

Estas obras conformaron un conjunto que acentúa ciertos rasgos y deja otros de lado, y en ese sentido no se les puede pedir verdad histórica. Pero crearon verdad interpretativa, pues fueron la única opción de denuncia compartida y la voz de las víctimas frente al silencio, impuesto primero y acordado después en los gobiernos del posconflicto.

La expresión artística de la violencia ha sido prolífica entre nosotros, hasta el punto que su inventario es un desafío desmesurado, porque otros canales de expresión de verdad y justicia estuvieron –y han estado– taponados y fueron desprovistos del lenguaje punzante que es necesario para sentirse reparado.

Las élites nacionales y la cumbre de los dos partidos de entonces querían el silencio como parte de un pacto, que si bien permitió reconstruir la gobernabilidad y controlar la confrontación bipartidista, ocultó las heridas de la violencia. Acallar el trauma ha tenido un costo alto para la sociedad colombiana, que se ha desquitado con la deslegitimación de los partidos y la desconfianza profunda en sus instituciones de autoridad y justicia, lo que resulta problemático para la construcción de una ética pública con responsabilidades definidas.

Las novelas de La Violencia dejaron la ambigüedad de una verdad que no se asumió de otras formas públicas ni se tradujo en justicia o reparación. Nos dejaron la ambigüedad de hablar en novela sobre lo que había pasado en realidad.
Edición:

UN Periódico Impreso No. 174

* Tomado de UN Periodico, link: http://www.unperiodico.unal.edu.co/dper/article/la-violencia-y-la-verdad-que-no-se-asumio.html, 4 de marzo de 2014; 1:30 p.m.