Lanzamiento de libro en FILBO 4 de mayo de 2025.
Autora. Ana María Forero Angel
Ilustración. Esteban Borrero
Acostumbrada a comentar textos, ensayos, tesis y ponencias, para mí es una novedad la escogencia hecha por Ana María Forero de relatar en forma de novela gráfica los resultados de una investigación antropológica. No leía historietas desde los días de Tarzán el hombre mono y Superman y la kryptonita. Por eso no sé si tengo el ojo adecuado para enfrentar esta obra donde se intercalan y dialogan textos e ilustraciones de Ana María Forero y Esteban Borrero. Tampoco conozco el bagaje teórico producido entorno al uso del relato gráfico en la investigación antropológica, así que hablo desde el sentido común etnográfico, aquel que mira con lente de aproximación los procesos sociales y se encanta con la vida en su cotidianeidad.
Una segunda sorpresa fue encontrarme con que el sujeto de conocimiento, el soldado del Ejército colombiano Ortiz, prototipo de múltiples soldados, cuenta su historia en secuencia con la de la investigadora. La doble mirada, la de la antropóloga sobre sí misma y sobre el soldado, añade una capa de complejidad y abre miradas hacia muchos frentes de interpretación. Pero voy a centrarme en uno solo, que es la razón del interés de la antropóloga por los cuerpos de policía y Ejército, tan poco estudiados entre nosotros y en general en América Latina. La razón se encuentra en su propio relato de vida: “Porque sin haber entrado en mi casa, sin haberse llevado a L. [mi padre] se incrustaron en mí” pp. 43. “Eran colosos sin cara que tenían el poder de cambiar mi vida en una noche. Los miedos y las fantasías del burguesito empobrecido y culposo [mi padre] se habían hecho mías” pp. 43. De allí le surgió la pregunta de investigación, ¿Por qué razón entran al Ejército los soldados y por qué permanecen? Así se pone en evidencia el hilo que suele estar oculto o desestimado entre el investigador y sus sujetos de interés de conocimiento. Suele correr en trasfondo la razón para elegir procesos, sujetos, pueblos con los que nos identificamos afectiva y moralmente y con los que podemos sentir empatía. Ana María es explícita en que son sus miedos y terrores, que brotaron de su vivencia familiar, los que la llevaron a la curiosidad por esa forma de vida social. Un interesante recurso de método podríamos decir, pero creo que es mucho más que eso. Veamos.

La narrativa gráfica y textual
Me aparto de la colega Francisca Márquez quien en el interesante prólogo del libro dice que en América Latina “la violencia y el miedo no pueden ser mirados ni relatados de frente”, p. 10. No estoy de acuerdo puesto que multitud de colombianos, investigadores o testigos, víctimas y victimarios, nos hemos pasado décadas relatando de frente y sin metáforas, los procesos de violencia, sus duros efectos sobre las personas y la sociedad. No más pensemos en los casi diez mil relatos que recogió la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, conocida como Comisión de la Verdad; tan solo en el Volumen testimonial del Informe Final de la Comisión de la Verdad (512 páginas, junio de 2022), se pueden leer sin tapujos ni esguinces los poderosos relatos de quienes vivieron el conflicto armado, tomados de manera directa por los equipos de trabajo. Son un acervo público, doloroso y esperanzador al mismo tiempo.
Me parece que Ortiz pertenece a esta estirpe y se sirve del dibujo y el diseño gráfico para ampliar y profundizar, para añadir detalles significativos de la cotidianeidad de los sujetos, a veces para parodiar como ternura o con falsa ingenuidad las expresiones de clase, para traernos los pequeños hábitos y decires, los gustos por los planetas y ciertas piedras evocativas, invocar la protección del luchador popular mexicano El Santo, jugar azares con las cartas y ser atrapado por las brujas.
Pese a todas estas imágenes Ortiz es el relato crudo de nuestras violencias: “Y esa noche mi lanza y yo estábamos de centinelas. Yo llegué temprano a recibir el turno, mi lanza que siempre iba tarde a todo no llegó. […] Mientras esperaba, yo vi a un guerrillero y le zampé un rafagazo. Subí todo feliz “¡Maté a un guerrillero!” Y mi superior me preguntó. “¿Y su compañero, su lanza?”. Yo estaba solo. Estaba ahí solo. Y claro, yo miro y mi lanza estaba ahí muerto. Yo le había descargado la ráfaga”. pp. 60.
El texto en palabras e imágenes relata muy bien ese dolor intolerable, “Nos recogieron y nos atacaron. Y qué triste nosotros llegar a Bogotá y veinte hombres muertos en una cancha. Y me senté a llorar”. Viñeta de Ana María: “Ortiz, lanza, qué heavy, esperen sirvo tres tintos… ¿quieren seguir o paramos?”, pp. 60.
Así, el trauma se narra en doble registro como relato textual y dibujo gráfico: “Ortiz: Me llevaron a recuperación psicológica, me dieron antipsicóticos. Yo estoy seguro de que lo del accidente con mi lanza fue porque se me entró una bruja” pp. 61. Las imágenes de la selva y el sobrevuelo de pájaros de mal agüero, pastillas a montón, el paso del traje de militar a la bata de hospital contribuye al cuadro crudo y desgarrador. Es desgarrador para quien relata y para quien escucha y por esa vía pasa al conjunto un poquito del desgarro que acontece en la “guerra entre hermanos” como la llamó Kimberley Theidom. Ortiz nos trae en doble registro, pero sin encubrirse, un trozo del relato del trauma colombiano, en este caso cuando se borran los límites entre víctimas y victimarios. ¿Qué es Ortiz?
Ana María colocó el lente de etnógrafa en el proceso mismo y en personas concretas. Personas con sueños y aspiraciones, miedos y certezas, con identidades de soldado y de antropóloga que se diferencian, pero se escuchan y dialogan desde la experiencia desgarradora sin pretender diluirse en la usual empatía del antropólogo. El soldado Ortiz le había dicho a Ana María “Espere antes de seguir y le llamo a mi lanza, ese man es un duro: que también le cuente su historia, que en parte también es la mía” pp. 49.
Ortiz despliega los referentes particulares de la antropóloga y el soldado y en ellos de investigadores y soldados; nos dan a saber los miedos distintos de cada cual y también las señas compartidas por ser ambos de signo Aries; aparece la religiosidad popular del soldado como el ancla de protección frente a la locura y la culpa y también cómo se crea el terreno antropológico que abre la posibilidad de un encuentro de conocimiento, sin por eso dejar de ser un encuentro humano entre personas y ciudadanos en orillas diferentes. Ortiz sobrepasa una primera mirada ligera y de graciosa ingenuidad para exponer la herida de tantos combatientes, de los civiles atrapados allí y de la sociedad entera. ¿Cómo se superan los miedos y las heridas? Sigo creyendo, lo repito una y otra vez, relatar es la esperanza. La narrativa gráfica en conjunción con la escrita permite compartir experiencias escondidas en los sujetos y sobrepasarlas para crear el tejido emocional y político de una ética del reconocimiento: “Mi lanza me da moral. No me abandona” es el Epílogo del libro, pp. 65.
