60 años del Departamento de Antropología de la Universidad de los Andes

Bogotá, abril 11, 2024

Myriam Jimeno

¿Qué es lo que distingue a los antropólogos uniandinos de otras tribus antropológicas? ¿Cuáles son los matices de estilo uniandino al hacer antropología en el plano público? ¿Cómo se ha configurado la realidad colombiana, cuáles son los logros y las deudas?, nos invita a responder Sonia Archila. Las identidades no son siempre fáciles de establecer y a menudo son borrosas y mixtas, pero, así las cosas, me aventuro.

Creo que como grupo generacional vivimos una transición, el paso entre los primeros antropólogos académicos y la masificación de la formación universitaria, – perdí ya la cuenta de cuántas carreras de pregrado hay en el país- y entre la antropología segura de sí misma y las dudas y cuestionamientos que brotaron con fuerza en la segunda mitad de los años sesenta, es decir, al poco de la creación institucional de la antropología.

Los cuestionamientos y las críticas se escucharon en 1968 desde las escaleras de la única entrada de entonces a los edificios de los Andes hasta la casona de teja de barro, subieron por el empedrado que separaba al Departamento de Antropología de la cafetería, la cafetería pues era la única, y diseminaron gran malestar entre los profesores y los directivos. Es bien sabido que la algarabía juvenil de entonces se unió a otros factores y causó una primera escisión, entre los fundadores, los profesores Reichel-Dolmatoff, y la propia universidad, que le abrió el paso a profesores de reciente llegada, Ann Osborn, Jon Landaburu, Egon Schaden, entre otros.

Una segunda transición ocurrió pocos años más tarde, cuando un grupo de seis egresados uniandinos entramos en masa a la universidad pública, al Departamento de Antropología de la Universidad Nacional. No daban crédito los militantes estudiantes de la Nacional, tampoco les pareció tolerable, de manera que al poco organizaron nutridas asambleas, casi desconocidas para nosotros, con la idea de expulsarnos de su territorio. Hubo mucho ruido, muchos estandartes identitarios, mucha desazón. Pero Fabricio Cabrera, Julián Arturo, Rodrigo Ibáñez, Myriam Jimeno, Doris Lewin y Eva Zaraga recibimos total apoyo de la directora del ese Departamento, la querida pionera de la antropología Blanca Ochoa de Molina, con claras credenciales de izquierda y esposa del exrector liberal de izquierda Gerardo Molina, muy estimado en la Nacional.

Nosotros, la mayoría, también aceptamos el reto de quedarnos. Luego llegaron refuerzos, Roberto Pineda Camacho, Patricia Vila, Gloria Isabel Perry y Ana María Falchetti, uniandinos también, que entraron como profesores. En fin de cuentas, nosotros, a diferencia de los egresados de la Nacional de entonces, no solo teníamos el grado, habíamos hecho intensos trabajos de campo y escrito “monografías”, leíamos la antropología cultural norteamericana, a los estructural funcionalistas británicos y a la escuela francesa, y usábamos la etnografía como herramienta de conocimiento del Otro. La característica heterogeneidad conceptual de la antropología en América Latina. 

Claro que hay que decir que no resistimos la ola crítica que venía del marxismo y el estructuralismo francés y mucho incorporamos en nuestras aulas e investigaciones. Por mi parte duré 43 año y Roberto todavía permanece.

Esta segunda transición generacional también afectó a la Nacional pues teníamos puestos de entrada debido a la salida de los profesores Nina Friedemann, Roberto Pineda Giraldo, Virginia Gutiérrez y otros. También a que el rector de la Nacional, antropólogo Luis Duque Gómez, apoyaba abiertamente el crecimiento de la carrera de antropología y la consolidación del también novel Departamento de Antropología (también 1966), escindido del de Sociología. 

¿Por qué dedicarse a la antropología y no abandonarla como tantos de esas primeras generaciones uniandinas y también de otras escuelas? Alcida Ramos, en reciente blog en la serie “Desasosiegos” (Desassossegos, Biblioteca Virtual do Pensamento, 02/04/2024) atribuye su dedicación antropológica a un desasosiego vital, a una temprana alteridad como niña extranjera en Brasil. A los siete años sufrió en la escuela intenso maltrato, por hablar un extraño portugués, por raros hábitos, por ser diferente. Era portuguesa. Alcida propone una línea de unión entre la alteridad personal, subjetiva, y el interés en la alteridad cultural, en las vidas y formas de pensar y sentir distintas. 

Quiero adicionar que ese interés y la valoración positiva de la alteridad cultural y sociopolítica está en la base de lo que fue nuestra contribución perdurable como uniandinos, pero que no lo hicimos solos, sino en activa participación conjunta con movimientos sociales de base y con colegas de muchas partes del país y de América Latina. Consistió en un trabajo largo e intenso, de décadas y décadas, por lograr cambios en el reconocimiento de los derechos de los pueblos originarios y las minorías socioculturales. Hoy se cuestiona fácil el “multiculturalismo”, se lo reduce de manera muy impropia a los derechos del reconocimiento intercultural; escuché reciente que los derechos constitucionales fueron una concesión del neoliberalismo y, aún más, se cuestiona la Constitución del 91 en su conjunto.

Cada vez que viaja a Bogotá la líder nasa Lisinia Collazos, con quien hice trabajo de campo en el Cauca, y ella gestiona con gran seguridad y diligencia apoyo institucional para su comunidad, o pide protección para las amenazas que han dejado un siniestro reguero de más de 200 lideres asesinados solo en los últimos años, siento un gran orgullo y también la evidencia de lo que nos hace falta por construir.  

Creo que, como grupo social, uniandinos y antropólogos, abogados, sociólogos y funcionarios públicos múltiples, optamos con convicción profunda por apoyar el movimiento social indígena, negro y raizal, por alentar su voz propia y apoyar derechos especiales al territorio, al gobierno propio, al derecho a hablar su lengua, es decir, por lograr respeto cultural y reconocimiento político, y esto es perdurable.

Es perdurable porque los tiempos en los que ser indio o negro equivalía a ser lastre o sentir vergüenza, a perder sus tierras para darlas a otros a imponer el catecismo y castellanizar, son, afortunadamente, tiempos idos debido a ese esfuerzo mancomunado. Fue un trabajo compartido entre muchos que daban de su conocimiento ora para delimitar un territorio, ora para avanzar en la educación bilingüe o para argumentar la legalidad de una demanda. Muchos nombres se vienen al cabeza y no quiero pecar por olvidar alguno, pero tratamos de registrarlos en la exposición y el evento y el video Acción Indigenista,que inauguramos justo hace un año en Museo Nacional. Todavía se abre al público con mapas, fotos y afiches.    

Si, puedo responder a la pregunta inicial que hemos dejado surco sobre el racismo pese a que se niega a desaparecer, sobre el auto reconocimiento como nación y que, sobre todo, muchos pueblos viven hoy mejor, orgullosos de sí mismos, no en la utopía comunitaria, sino en el arduo trabajo de cada día.

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